Es de noche y las sábanas recién cambiadas, frescas y lisas, acobijan a una mujer que se saca las medias para subsistir a los embates de la tierra pegajosa sobre la tela. Sentir en la piel la textura de la media, el viento entre los dedos. Detrás de una aparente cotidianidad escondías una lágrima, un camino detrás de escena. Todos convivimos con el pésame de los días. Vemos el mundo arrodillarse frente a los altares de poliéster. Rinde culto a la imagen. Rinde culto al saber técnico.

Bebe silencio de tus lágrimas ácidas

como la lluvia que arrastra en el balcón

las gotas de polvo que nadie quiso barrer.

Reflejada en los ojos enamorados

sé que puedo ser hermosa

como las hojas en otoño

que caen de los árboles

y se estacionan en el pasto todavía verde.

Mi canto se atraganta de silencio

Rasga la piel rosácea un dolor que me acompaña

como una parca que detrás de mi espalda

juega a proyectar sombras chinas.

Quién diría que iba a conocer el amor

como se les entrega el alpiste a los pájaros

yo había ofrecido mi cuerpo a sacrificio

pero me lo devolvieron envuelto en nubes.

Prefiero la tibia cotidianidad

esa lucha incesante por sostener el paracaídas

que remitirme, por ejemplo, a la violencia

que rechina en los dientes de los transeúntes

no hay ciudad que me intimide

aunque los autos amenacen con atropellar a los mendigos

y tenga que esperar diez minutos para cruzar la avenida.

¿Qué se compara con la violencia ejercida sobre un cuerpo?

Mis cicatrices cuentan historias que yo transcribo al papel

Soy anfibio

respiro por las branquias

conjugo las notas de mi música

en un idioma atento

y puedo nombrar solamente lo que he vivido.

Agua

La vereda es angosta en esa esquina de la plaza

un perro ladra desde el portón

y mi abuelo, antes del alzheimer, la silla de ruedas y el clonazepam

le saca la lengua para que no me asuste

la savia tiene gusto a menta

cae entre mis dedos pequeños

tengo que perfilar, acovacharme

para pasar por esa esquina de la plaza

ocupada por un pino, un hermoso árbol de pino

unos niños toman agua del bebedero en puntitas de pie

juego a no pisar la calle porque el cemento es lava

se resquebraja por el peso de los autos

ajado el hormigón gris como la piel de mi abuelo

que me lleva de la mano entre las hojas del otoño

escucho su voz grave contarme la historia de cuando se desbordó el zanjón

y el agua corría inundando toda la ciudad

la tormenta cae en la ladera de la montaña

pinceladas grises sobre el paisaje desértico

cada una de las gotas es un espejo donde hace pie mi nostalgia.

Desde el lejano oeste

DESDE EL LEJANO OESTE

Tendré que volver a amar

Un frente de casa vistozo, el pasto apenas asomado por el calor, debajo de la tierra la semilla protegida ante la hostilidad del mundo. El vecino de chancletas con la manguera verde y blanca limpia las hojas que se caen del plátano. Turba de abejas la masa densa de pelusa, cacofónica en una sinusitis colectiva.

Un papelito blanco mal firmado por una mujer de uniforme azul.

  • Tiene multa por regar la vereda.

El agua angustiosa no termina de caer nunca, la gota espesa, contaminada. Las banderas de la Asamblea Popular flamean desde hace décadas en contra del fracking y la megaminería, pero el Estado se encarga de sancionar al vecino que riega la vereda. Entonces, la escoba humedecida a la semana siguiente, el mismo hombre en pijama, seis aeme arrastrando las cerdas de plástico quebradizo. Limpiar la vereda como un valor absoluto en el barrio Bombal, donde vive – en promedio – la clase media alta de más de 60 años que asiste a misa en la iglesia San Agustín.

Y el papel punitivo enmohecido en algún cajón de la casa que está detrás.

La primera vez que escuché la palabra contravencional fue en la panadería. Es una palabra creada para llegar a ese sonido de tres consonantes. Qué espanto ese devenir de letras imantadas. En general me gusta estar en contra, una desgracia que se hayan apropiado de tan bonito concepto. Quise comprar unas tortitas, unos bollos de pan buenísimos para sopar en el té. Gustos aparte. La señora de adelante se quejaba por la nueva ley. Una reglamentación provincial tomada de los pelos, surgida del Cocito donde vive el mismísimo demonio, de esos cráneos que inventaron el ítem aula y no dejan de astillar la planta de los pies con sus granitos de arroz.

—Los trapitos me limpiaban el auto, ahora tienen que salir a robar.

Le decimos los trapitos a los pibes que limpian los vidrios en las esquinas, bueno, esos pibes están prohibidos, como también está prohibido disfrazarse de religioso en la vía pública, o de cobani, de político, paco, de yuta, de vigilante. Una se vuelve extremista a la fuerza, por oposición te vas para el otro lado y es entendible, como mínimo. Googleo para una imagen de mayor claridad. Un poco me enceguece la pantalla, acostumbrada a reflejar poemas, textos de crítica literaria, búsquedas sobre enfermedades congénitas; la pantalla se enoja un poco conmigo. Son las sanciones de decomiso, clausura, inhabilitación y obligaciones de conducta. Lo dice un link a la legislación del poder judicial de la provincia. En Mendoza la personalidad es una obligación y yo desobligo a la fuerza por condición genética quién dice hormonal, una serie de patologías inventadas y Lacan chupándose los dedos. Me miro al espejo con una angustia que entristecería al pensador, que torcería un poco más la mueca del grito.

En el pintoresco listado medieval no solo está prohibido organizar marchas  de forma independiente “organizar manifestaciones o reuniones públicas que convoque(sic) masivamente a personas en locales cerrados o al aire libre, sin dar aviso a la autoridad competente”. Por ejemplo, yo soy de tauro en el horóscopo, el del diario, ser de tauro es polémico, vas de frente, te chocás con la pared, la pensás mucho, y te protegen los cuernos de estamparte de jeta. Tengo bastante compatibilidad con Virgo, nos complementamos, los virgo son como suaves, como que tienen esa delicadeza que los tauro dejamos pasar. Y eso no vino ni me lo dijo nadie, me acuerdo que cuando era chiquita veía las ilustraciones de cada signo en el diario y Virgo me llamaba mucho la atención. No me pueden negar esta lógica. Tauro resiste, nace a los pies del invierno, necesita ser racional, pensar que es un proceso, que después llega la primavera aunque jamás la haya visto. Es sumar dos más dos, sentido común, tener conexión con el entorno. Bueno, el código prohíbe este tipo de pensamientos. Me da gracia porque está escrito en lenguaje de la Edad Media “El que tirando las cartas, evocando los espíritus, indicando tesoros ocultos, o el que públicamente ofreciere sus servicios como adivino, se hiciere pasar por profesional para actividades no habilitadas legalmente, será sancionado con multa (…)”. No me acuerdo bien dónde leí algo parecido, creo que en alguna obra de teatro de Lope de Vega ¡Qué gente culta resultan ser los fachos a veces! En cuanto a tecnología, no saben ni usar una calculadora.

Y esto repercute en la moral social. Terminás viviendo como el orto. Sigo con las búsquedas en internet, para plantear que el problema es superador de cualquier tipo de encuesta o estadísticas que empujen a los medios a algún tipo de transparencia, es un problema de raíz, en la educación de cada une. A nivel país la pobreza escaló dos puntos más que el promedio nacional. Y no fue suficiente, el radicalismo – las mentes maestras del código contravencional – lustró el piso de barro en las elecciones provinciales con una diferencia de casi quince puntos.

La necesidad de huir es clara, por eso una cantidad considerable de jóvenes emigramos. Quedamos aislados del pantanoso nido. Y el dolor solo se puede sentir en la experiencia. Hay un lugar donde te hiere la nostalgia. ¿Qué necesita una habitación para ser una casa? La palabra nostalgia viene de nostos, que significa viaje. La nostalgia es el síntoma emocional que alguien nómade inventó, estoy segura.

Ciudad Autónoma de Buenos Aires – en cambio – despega, es alta, altísima, los cuerpos de las personas son altos también. En ese devenir nos achicamos, aprendemos a mirar la proporción de otra forma. Los bonaerenses se estiran como los edificios. Caminan con la cabeza bien erguida por la Callao, esquivando con los codos, habilidad deportiva que terminás por internalizar como un reflejo. Sentir la punta de los dedos, como si un hilo se desprendiera desde el índice y te estirara hacia arriba. El Río de La Plata como una sombra, invisible, refrescando el aire en cada esquina de la metrópoli. Los edificios no conocen la densidad del desierto.

El karma de vivir al sur

El mapa residencial de emigrantes en la gran ciudad se bifurca una y otra vez, como las ramitas de un árbol en primavera, un ecosistema que opera en paralelo en cada cuadra del microcentro. No hay una palabra específica: residencia, albergue, conventillo. Morgue. Las páginas web de alquiler florecen como cardos entre los algoritmos bonaerenses. En la popular hay cientos de espacios ofrecidos en una especie de foro que se actualiza a cada minuto. Hay que tragarse la desconfianza por la falta de criterio estético en el diseño de la página, ir anotando teléfonos y whatsaps de desconocidos para pedirles permiso de vivienda. Los edificios grises y sucios empalados entre locales y cafeterías con porteros que hacen cortocircuito reciben a los, en fin, ilusionados habitantes a estrenarse en la ciudad.

Me recibe una pareja de unos cincuenta años. La mujer es muy alta, los lentes de sol le ocultan los rasgos, habla por el Iphone sin parar y a los gritos. Parece una performance montada para evitar el diálogo con los estudiantes que buscamos casa. Una palabra que se va achicando en el abanico de posibilidades. ¿Qué significa habitar un lugar?

— Che, ¿Cuántas personas viven acá? 

Cuántos seres humanos pueden vivir en un piso de edificio de los años cincuenta. Más de treinta al ojo perspicaz de insensibles burócratas.

Las paredes húmedas descascarándose cada vez que abrimos una puerta. Los potes de plástico con etiquetas con la comida. Las habitaciones de hasta cinco personas, cuchetas, cuchitriles, sin ventanas, la humedad como un cáncer jugando a embelesarlo todo.

¿La promesa de un mejor futuro? carísimo, impagable, sucio. El olor a cañería descompuesta a la mañana, más tarde, antes de dormir, atacándote las vías respiratorias.

Cabizbajo se acerca un Colombiano a saludar a la mujer de lentes oscuros.

— ¿Cómo andás Pedrito?

La que quiere saber cómo piensa, en qué anda, qué siente Pedrito soy yo. Espíritu inquisitivo aparte, ya vienen más personas a dar una vuelta. Los revoques de las paredes se descascaran, la humedad dobla las esquinas de las habitaciones como si estuviesen a punto de colapsar hacia dentro y el techo quedar suspendido en las vigas de hierro. Las cerámicas del piso tienen marcas de pisadas, un penetrante aroma a lavanda y poet violeta, un montoncito de suciedad húmeda detrás de la escoba, detrás de la cartera de la mujer de lentes oscuros.

Por unos minutos me olvido de lo que significa el minimalismo como posibilidad. Las toallas están colgadas en un pasillo.

Un papel manoseado sobre la mesada de la cocina, exageradamente extenso para una lectura detallada in situ explica las reglas de convivencia. Este documento plastificado con marcas de las huellas de los dedos que han leído punto por punto las pautas.

No se puede fumar. No se puede tomar alcohol. No se puede traer visitas. No se puede salir después de las 23 horas. No se puede hacer ruidos molestos. No se puede escuchar música. No se puede coger. No es necesario traer un DNI con nacionalidad argentina.

¡Eureka!

Desbloqueé un espantoso conocimiento de la forma social.

Llueve sobre mojado

La canilla de la cocina no deja de gotear. El sonido del agua contra la pileta… tic, tic. Los oídos abotonados por los gritos de la ciudad de Buenos Aires ¿escuchan el líquido colisionando con el metal? Vengo de un desierto, un lugar donde el silencio dibuja sombras chinas en las paredes. Por eso agradezco los espacios colmados, la ciudad que vibra al compás del subte. No estoy segura si cuando digo que acá no hay fantasmas estoy siendo metafórica o describiendo una intuición.

La noche se abre camino después de un día de lluvia, tiene textura de incendio, es de densidad espesa, onda dulce macerándose en la hornalla. Judith abre la perilla para lavar un plato de plástico, le tiemblan las manos ancianas, encorvadas como ramas de árbol. Se ve su joroba disimulada por una bata de tela mullida al compás de una respiración asmática.

Contradicción con el rosadito casi tierno del deshabillé.

Un chiflido de aire entra por la ventana. Tose mientras el té de jengibre hierve en la hornalla. Revuelve el líquido verdoso con espasmos. Salud, se escucha cada vez que un estornudo le desacomoda la dentadura, salud, se repite en voz alta mientras arrastra los pies hasta la mesita. Tiene una piel transparente. Blanca leche alunarada. Caen las mejillas debajo de la barbilla como senos y el cuerpo achicándose por la gravedad se aplasta.

La vieja se pasa todo el día en la cocinita del departamento del quinto piso de la calle Scalabrini Ortiz. Si hubiera sabido, no me mudaba acá ni loca.

Unos meses antes conocí el lugar, estaba enceguecida por la pitada súbita de ciudad. El centro del mundo. Vivir acá o nada, volver al cariñoso pozo de alergias: a la aldea natal.

Fue el ascensor. Ascensor al estilo francés. Me conmovió tanto que antes de entrar ya había decidido quedarme ¿Cuántos pisos tiene, diez? En Mendoza hay un edificio de diez pisos que se llama Décimo, tiene una terraza sarpada, desde donde sacábamos fotos con mis compañeros de la secundaria. La montaña es otra cosa, te parás distinto en el espacio cuando la tenés como referencia, contiene, ubica, acobija. El telón de foto perfecto para las selfies de los turistas.

La entrada del edificio de Palermo es un espejismo, la primera puerta de hierro tiene unos vitrales: azul verdoso, violacio anaranjado, amarillo rosáceo. Pasillo de techo alto con cerámicos españoles estirando los juegos de luz. Ahí el susodicho, como una caja que se mueve con una polea, pero con un motorcito que hace un ruido adictivo, a punto de romperse. No sé en qué película había visto esos ascensores de metal macizo, pienso en París Je t´aime. La vi en el cine Universidad de la mano de algún amigue cuando todavía funcionaba en la calle Lavalle y no perseguían tanto a los artistas en Mendoza. Dosmiltrece creo yo, en esos cortos había un ascensor francés.

Losjuegosde la transparencia cuando subís piso por piso hacen sombra en la escalera que se pregna en semicírculos hasta la terraza.La realidad supera a la ficción.

Incomodidad aparte, el tema de subir en ascensor con desconocidos todavía me resulta bizarro, nunca sé si tengo que abrir la puerta o cerrarla. Digamos que se me escapa un aspecto del sentido común. En el centro de la ciudad de Mendoza hay muchos ascensores, pero menos personas en relación al espacio, pocas veces te comés la secuencia de compartir el viaje con vecinos. Mantenemos una distancia directamente proporcional a la angustia de alejarnos del otro.

Esa impresión extranjerizante se fue perdiendo, la costumbre adaptó mis sentidos a la arquitectura ecléctica de Palermo, con la guardia baja la situación rozaba el límite con el absurdo: yo, una vieja judía pensionada por un discapacitado y una estudiante de actuación obesa, compartiendo una cocina de un metro y medio de profundidad.

Pasé de coté, excusándome con la mochila del gimnasio en la mano. Gracias, gracias Judith, no se preocupe ¿Qué? Que gracias, no se preocupe ¿Porqué me preocuparía? Es una forma de decir, en Mendoza es tipo una muletilla, vos decís, no gracias… no se preocupe como una forma de ampliar el gracias, qué se yo. La vieja sonríe con desdén y yo por fin me escabullo -sin soñar con comida- hasta mi cuarto propio; es una habitación de servicio, tiene un bañito y salida al balcón: si dejo la puerta abierta veo el cielo nebuloso y los últimos pisos de los edificios acostada en la cama.

Llovió toda la tarde, unas gotas macizas, láminas de agua golpeando sobretodos, se juntan en la vereda y se te moja el pantalón, las medias. Vas esquivando los charcos. Las nubes son como humo, van aplacándose y ya no se distingue bien qué es cielo, qué es atmósfera. El aire fresco entra, libre de polvillo de plantas y tierra seca, respiro un poco más sin las alergias que te aparecen cuando vivís en un desierto llenos de árboles con pelusa. Más de una vez he pensado que en Buenos Aires descubrí la lluvia, toda experiencia previa quedó disminuida.

En un milisegundo un silencio estremecedor parece, por fin, pausar el tiempo.

El sonido de un trueno como salido de una cueva retumba en cada pared del cuarto. Un rayo de luz de quinientos pisos cruza el cielo de punta a punta, alcanzo a ver que cerca de la nube se le forma una raíz, bocha de luces que convergen como arterias, venitas de muñeca, en el tubo de tungsteno que acaba de dividir en dos este lado y el otro lado de los edificios, iluminando rincones a oscuras. Entonces, la lluvia catapulta, un ruidito como de cáscara de huevo quebrada y empieza a caer un rayo, otro rayo, un trueno, otro trueno en orquesta ante mis ojos enceguecidos por el espectáculo: una tormenta eléctrica. El cielo espeso cortajeado por las cicatrices de los rayos que una y otra vez alumbran la masa oscura desde un punto incierto hasta un pararrayos. Al caer, cada grieta de luz hace temblar los cimientos de los edificios. Me acurruco entre las sábanas con la tempestad en la mira.

sopa sopera sopita absorbe

sopaipilla sopapea ensalada

orégano pimienta provenzal

con sal sin sal celusal cibulette

ensalada mixta, criolla

césar, ensalada rusa

la clásica ensalada

pero con lechuga hidropónica,

nada de lechuga chamuscada

achura enchastrada en la heladera

sino lechuga burguesa hamburguesa

rozagante rocinante

recipiente de vidrio

en el alféizar de la cocina

sin una fibra de tierra

parasitaria en las hojas

sostengo las raíces babosas

con las yemas de mis dedos

las estrujo las traigo las extirpo

la ira me consume

pabilo a cuentagotas

debe ser la manera de organizar el mundo

que duele un poco.

Observo todo lo que ahúma

el vidrio parece un óleo

caminante sobre mar de nubes

las hojas de la enredadera

trepan como algas de bronce

relamiendo la pared que se desgrana

me reclama la urgencia

de darle voz a los días

mientras

                 la quietud en casa avanza

                                                    por las nervaduras de las hojas.

Una margarita encandilada
por un único rayo de sol
arruga la frente

hay olor a incendio


un recuerdo de infancia
cuando corríamos entre los viñedos
el porvenir se nos ofrecía


campo abierto


hoy mis pestañas
nublan el horizonte


en este desierto la jarilla
crece sin detenerse


tengo el corazón gris
como un hierbajo.

Relamo las palabras con mi lengua áspera, las esculpo, cada sonido es una filigrana del pincel con el que intento un asado de jarilla entre los bordes corrugados de la montaña, el olor a fritura del barrio chino, el sabor del dulce adamascado de tu sonrisa de refilón a hurtadillas por los pasillos del huerto de Delmira. Me vuelvo ceniza. Inmaterial ando con los pies exagues por los senderos barrocos de un lenguaje extraño en el que intento construir una casa, ese callejón empalado por la espesura donde brilla la luz verde de un cartel LED me ilumina las pupilas. De noche me interno en la confusión con la esperanza de comprender el ritmo, la cizaña que hilvana el andar descarriado de los transeúntes que impávidos pueblan desde el más ínfimo rincón hasta la ciudad en donde los cuerpos se mueven como sardinas en lata. Inhóspito el órgano del cuerpo donde crece la herida y se deshilacha el pincel, testimonia el recuerdo de cada ruta transitada con vehemencia, se fragmenta como un gajo de mandarina arrancada de cuajo en el momento justo de hincar el diente. Las pupilas como dos brotes de la misma planta apuntan combadas al horizonte, hace asfixia, los cuerpos erguidos en el espacio vibran como átomos, palimpsesto de una turba de generaciones mestizas, no hayan su trayectoria, su órbita alrededor de las cosas, dejamos tras nuestro una estela fantasmal como humareda que deja una avioneta en el cielo, un halo blanco, un recuerdo borroneado, la hebilla de tu cinturón desprendida entre mis dedos. Y avanza cribando, mezclando, haciendo jalea espesa el tiempo, los hilos del presente y del pasado trenzan un manto grueso en punto cruz, no se distingue bien cada hebra en la composición del tejido. Y aun así, lo uso para acobijarme por las noches, el frío que cala la herida, hace temblar al ritmo álgido de una coreografía pop, los tendones tan lejos de la muerte y de la ausencia. Escribo para repasar los contornos de mi propia existencia, es una batalla contra el silencio, no aquel que compone la melodía encandilada del sinsentido sino ese silencio que colma de inseguridades, que va enhebrándose a las costillas como maleza, que tensa los hilos de los espejos y no encuentra un lugar donde habitarse, ramas con las que armar un frágil nido de paloma en la ochava de casa.

LA ESTELA QUE DEJA UNA ARAÑA

ocho veces cada paso

sobre el cerámico azul

cubierto de polvo

-mandala de tierra y barro-

que atraviesa el jardín

oxidado por el sol.

Cae la gota de agua, lamosa

desde la boca de la manguera

a la chipica,

la luz como un tajo

que cortajea la sombra

sobre la tierra de bronce.

En casa el silencio es cómplice

-puntapié inicial-

del movimiento de los tallos hacia el cielo,

están chamuscados los brotes más tiernos

por la noche de mis palmas al compás

crece un río que los sana

regándolos con luz de luna.

En un café con piso de madera

el hombre firma concede compra

habla alto entre los murmullos

la mesa se le inclina por el peso del codo

sin sazón la carne

sin soda el vino

sin colega

paga con crédito

¡ha triunfado!

Su paraguas es de seda

el cinturón de cuero

frente a sí como un espejo

el asiento vacío

le devuelve una mirada firme

el hombre acerca la mano con esperanza

pero nadie hay ahí.

La sombra octogonal de las hojas

reflejada en la mirada acuosa

del gato

el sonido fugaz de las semillas

cuando caen al piso

de la galería de cemento

la luz naranjarosácea en el cielo

esculpiendo rostros

en el contorno de las nubes.

en cambio, soy ese reflejo cóncavo

transpirado del cristal

que me devuelve el espejo

una huella digital borroneada

en el pasamanos de la plaza

de alguna ciudad