Observo todo lo que ahúma

el vidrio parece un óleo

caminante sobre mar de nubes

las hojas de la enredadera

trepan como algas de bronce

relamiendo la pared que se desgrana

me reclama la urgencia

de darle voz a los días

mientras

                 la quietud en casa avanza

                                                    por las nervaduras de las hojas.

Una margarita encandilada
por un único rayo de sol
arruga la frente

hay olor a incendio


un recuerdo de infancia
cuando corríamos entre los viñedos
el porvenir se nos ofrecía


campo abierto


hoy mis pestañas
nublan el horizonte


en este desierto la jarilla
crece sin detenerse


tengo el corazón gris
como un hierbajo.

Relamo las palabras con mi lengua áspera, las esculpo, cada sonido es una filigrana del pincel con el que intento un asado de jarilla entre los bordes corrugados de la montaña, el olor a fritura del barrio chino, el sabor del dulce adamascado de tu sonrisa de refilón a hurtadillas por los pasillos del huerto de Delmira. Me vuelvo ceniza. Inmaterial ando con los pies exagues por los senderos barrocos de un lenguaje extraño en el que intento construir una casa, ese callejón empalado por la espesura donde brilla la luz verde de un cartel LED me ilumina las pupilas. De noche me interno en la confusión con la esperanza de comprender el ritmo, la cizaña que hilvana el andar descarriado de los transeúntes que impávidos pueblan desde el más ínfimo rincón hasta la ciudad en donde los cuerpos se mueven como sardinas en lata. Inhóspito el órgano del cuerpo donde crece la herida y se deshilacha el pincel, testimonia el recuerdo de cada ruta transitada con vehemencia, se fragmenta como un gajo de mandarina arrancada de cuajo en el momento justo de hincar el diente. Las pupilas como dos brotes de la misma planta apuntan combadas al horizonte, hace asfixia, los cuerpos erguidos en el espacio vibran como átomos, palimpsesto de una turba de generaciones mestizas, no hayan su trayectoria, su órbita alrededor de las cosas, dejamos tras nuestro una estela fantasmal como humareda que deja una avioneta en el cielo, un halo blanco, un recuerdo borroneado, la hebilla de tu cinturón desprendida entre mis dedos. Y avanza cribando, mezclando, haciendo jalea espesa el tiempo, los hilos del presente y del pasado trenzan un manto grueso en punto cruz, no se distingue bien cada hebra en la composición del tejido. Y aun así, lo uso para acobijarme por las noches, el frío que cala la herida, hace temblar al ritmo álgido de una coreografía pop, los tendones tan lejos de la muerte y de la ausencia. Escribo para repasar los contornos de mi propia existencia, es una batalla contra el silencio, no aquel que compone la melodía encandilada del sinsentido sino ese silencio que colma de inseguridades, que va enhebrándose a las costillas como maleza, que tensa los hilos de los espejos y no encuentra un lugar donde habitarse, ramas con las que armar un frágil nido de paloma en la ochava de casa.

LA ESTELA QUE DEJA UNA ARAÑA

ocho veces cada paso

sobre el cerámico azul

cubierto de polvo

-mandala de tierra y barro-

que atraviesa el jardín

oxidado por el sol.

Cae la gota de agua, lamosa

desde la boca de la manguera

a la chipica,

la luz como un tajo

que cortajea la sombra

sobre la tierra de bronce.

En casa el silencio es cómplice

-puntapié inicial-

del movimiento de los tallos hacia el cielo,

están chamuscados los brotes más tiernos

por la noche de mis palmas al compás

crece un río que los sana

regándolos con luz de luna.

En un café con piso de madera

el hombre firma concede compra

habla alto entre los murmullos

la mesa se le inclina por el peso del codo

sin sazón la carne

sin soda el vino

sin colega

paga con crédito

¡ha triunfado!

Su paraguas es de seda

el cinturón de cuero

frente a sí como un espejo

el asiento vacío

le devuelve una mirada firme

el hombre acerca la mano con esperanza

pero nadie hay ahí.

La sombra octogonal de las hojas

reflejada en la mirada acuosa

del gato

el sonido fugaz de las semillas

cuando caen al piso

de la galería de cemento

la luz naranjarosácea en el cielo

esculpiendo rostros

en el contorno de las nubes.

en cambio, soy ese reflejo cóncavo

transpirado del cristal

que me devuelve el espejo

una huella digital borroneada

en el pasamanos de la plaza

de alguna ciudad

Siento el peso del lenguaje

enhebrándose entre mis huesos                 

en un rito quisiera deshacer mi cuerpo

convertirlo en fibra vegetal

y ser un árbol

subiendo es músculo

por la fértil acidez del cerámico

en un rito quisiera que la naturaleza

implosione desde mi

hasta derrumbar edificios

con los troncos las ramas

de las acacias los álamos

ladrillo a ladrillo

descortezándose

con la presión del choque

y que el mundo expulse

al jardinero

que en cada cepa

hunde las tijeras

podando hasta el anhelo

para que el brote no transforme

sea de otro el ciclo natural.

Soy poseída

en mis párpados cerrados

conspiran las flores por nacernos

hablan con la trayectoria del caer de sus pétalos

fértiles por saldar la herida

ensayan partos mudos

su semilla engrosada con el barro

todavía se fragmenta entre las raíces

cascarón de huevo

es que hay un dolor silencioso

desde donde ocurre lo vivo

y agonizan hojas tallos

conjuran cantos para alivianar la quemazón

cae la melodía que es agua espesa

entre las piedras del arroyo

cae cada nota por mi sumergida piel de manzana.

Bebe del río y remonta la calandria

su vuelo repite una coreografía

que es un himno de la vida nacida a la intemperie

el ritmo es invisible

dibuja en el cielo figuras trágicas

bocanada de piedad que consigue sublimar

el equilibrio frágil del instante irrepetible.

Las cortinas deslizándose

por las tangentes tibias

amanece la luz cálida

del otoño en casa

el cajón de damascos

está sobre la mesa

tan pelusita la piel

que antes de pelar

los pienso

sin desmenuzar la cáscara

los cortes como cintas

limpia va saliendo

endulza mis manos

cuchillo de cincel cubista

donde más profundo es el corte

mana de la pulpa

un enjambre de flores

zumba con sus pétalos

hasta el dolor dulce

calma mi plexo solar

fibras de carne natal masticando el cascarón.